De repente, el timbre de la puerta principal rasgó el silencio de la casa. Elena se sobresaltó, derramando unas gotas de café sobre la mesa. Eran pasadas las diez de la noche y no esperaba a nadie. Con el corazón latiendo desbocado por una corazonada absurda que se esforzó en reprimir, cruzó el pasillo y apoyó la mano en el pomo de madera fría.
Julián extendió la mano y, con infinita delicadeza, apartó un mechón de cabello mojado de la mejilla de Elena. Su tacto seguía siendo el mismo refugio de antaño.
Elena dio un paso atrás, permitiéndole entrar. La lluvia goteaba de su abrigo sobre el suelo de madera, pero a ninguno le importó. Él dejó la caja sobre la mesa y se acercó lentamente, temiendo que ella fuera solo un espejismo fruto de la tormenta. Amarte fue la razon - Jenny Del.epub
Al abrir la puerta, el viento helado le azotó el rostro. Frente a ella, empapado por la tormenta y con los hombros ligeramente encorvados por el peso de los años y el cansancio, estaba él. Julián no llevaba equipaje, solo sostenía una pequeña caja de madera entre sus manos. Sus ojos, antes llenos de la urgencia de la juventud, ahora reflejaban una calma profunda y una determinación inquebrantable.
Elena cerró los ojos. Al hacerlo, casi pudo oler el perfume a madera y lluvia que siempre lo acompañaba. Recordó la última tarde en el muelle, cuando el sol se teñía de violeta y las olas parecían susurrar secretos que ellos no querían escuchar. Él le había tomado las manos, transmitiéndole un calor que todavía parecía quemar su piel en las noches más frías. De repente, el timbre de la puerta principal
—He vuelto —dijo Julián finalmente. Su voz era más grave, madurada por los inviernos lejos de casa—. Me tomó una década entender que el único lugar al que pertenezco es donde estés tú.
—La distancia destruye lo que no se puede tocar, Elena —respondió él, con una tristeza infinita en los ojos—. No quiero que nos convirtamos en fantasmas que habitan en la memoria del otro. Quiero que vivas. Con el corazón latiendo desbocado por una corazonada
—Podríamos intentarlo —le había dicho ella aquella tarde, con la voz rota—. La distancia es solo un número.